Historia

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La familia Ordóñez y Hemingway

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Cayetano Ordóñez, nació en Ronda el 4 de enero de 1904. Su familia tenía una zapatería llamada” La Palma”, razón principal por lo que la gente empezó a llamarlo ‘El Niño de la Palma “. Impulsado desde muy joven por una acusada afición taurina, con tan sólo 14 años tuvo la primera oportunidad de mostrar sus habilidades en una novillada en La Línea de la Concepción (Cádiz).

Los vítores que recibió lo animaron a profesionalizarse en la carrera taurina. Curiosamente, con 18 años y en su primer acto oficial, toreó en Algeciras junto con un matador irlandés llamado Trimbi, que se negó a matar los toros. Sólo dos años más tarde, El Niño de la Palma triunfaría en Sevilla. Público y prensa se quitarían el sombrero después de su actuación, y el periódico local “La Unión” afirmó:  “El chico de Ronda brilla durante este glorioso debut en La Maestranza”.img013

Tomó la alternativa en 1925 de manos de Juan Belmonte. Fue un torero de intuición y finura, largo, mandón y elegante. En su tiempo fue de los mejores. Se casó en 1920, con María Consuelo Araujo de los Reyes, conocida artísticamente como “Consuelo Reyes”, era cantante y actriz. Fueron padres de 6 hijos de los cuales 5 fueron matadores, Antonio Ordoñez Araujo fué el hijo torero más reconocido. En 1954, para celebrar el bicentenario del nacimiento de Pedro Romero, Cayetano Ordoñez crea la primera Corrida Goyesca de Ronda.

Antonio Ordoñez, nació en Ronda el 16 de febrero de 1932. Es el tercero de los 6 hijos de “El niño de la Palma”. Creció presenciando la gloria de su padre, quien, al igual que él mismo posteriormente, fuese inspiración para Hemingway. Torero de extraordinario estilo purista, estéticamente intachable, uno de los diestros más importantes del siglo XX. Fué empresario hasta su muerte de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Ronda, una de las más antiguas y bellas de España. Casado dos veces, su primera esposa fue Carmen, hermana de su rival y amigo torero Luís Miguel Dominguín. Fué organizador de los Festejos Goyescos de Ronda. En 1992 se convirtió en el primer torero en recibir la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. En la actualidad, sus dos nietos, Fran y Cayetano Rivera mantienen viva su dinastía. 

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Hemingway fue uno de los principales novelistas del siglo XX. Un aventurero y defensor de las libertades que obtuvo el Premio Nobel en 1954. Autor de grandes clásicos de la literatura universal como Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas o El viejo y el mar, la azarosa y fascinante vida de Ernest Hemingway le llevó a recorrer medio mundo y participar en acontecimientos de la talla de la Primera Guerra Mundial o la Guerra Civil Española. Precisamente, fue en nuestro país donde el escritor estadounidense pasó gran parte de su existencia. Dijo alguna vez que quería a España más que a ningún país después del suyo, quedó fascinado por las corridas y plazas de toros y se unió a los intelectuales que defendieron la causa republicana durante la Guerra Civil. Pamplona fue la ciudad que más le marcó.

Su primera experiencia española acaeció allá por el año 1923 del pasado siglo, cuando cruzó los Pirineos y llegó a la capital navarra como corresponsal del periódico Toronto Star. Era un veinteañero y se vejó atraído de inmediato por los Sanfermines, afición que alternaría con las barras de los bares hasta las últimas fiestas taurinas en 1959, sobre todo en el Café Iruña. Tanto le marcaron las corridas de toros y en especial el gran matador rondeño “El niño de la Palma” , que ambientó un libro en ellas, “Fiesta”, considerada su primera gran obra.img016

Al igual que Welles, Hemingway fue gran amigo del torero de Ronda, Antonio Ordoñez (hijo de El niño de la Palma). Antonio Ordoñez llamaba a Hemingway Papá Ernesto ya que lo conoció siendo un niño. Tal fue la admiración de Hemingway por Antonio que lo siguió por todas las plazas para asistir a una de las máximas rivalidades que se han dado en el mundo del toreo, la de Ordoñez con su cuñado Luis Dominguín (padre de Miguel Bosé) y que fueron fuente de inspiración de su novela “El verano sangriento”.

No todo fueron los toros. La relación de Hemingway con España fue mucho más allá. Se vio marcada especialmente por su etapa como corresponsal durante la Guerra Civil para la North American News Alliance. Y al igual que muchos otros intelectuales de la época como George Orwell o André Malraux, Hemingway también se comprometió con el gobierno legítimo de la República. Además de sus crónicas periodísticas, el escritor cofirmó con John Dos Passos el guión del documental Tierra española, escribió su obra de teatro La quinta columna y culminó la que sería una de sus obras maestras, Por quien doblan las campanas (1940).img018

Valencia fue otra de la
s ciudades que dejaron huella en Ernest Hemingway. Hasta en siete de sus obras menciona la ciudad del Turia de alguna u otra forma. Como buen aficionado a los toros, solía acudir a su plaza durante la Feria de Julio. Durante la Guerra Civil visitó a menudo el actual hotel Vincci Palace, en la calle de la Paz, que se usó como sede de Asuntos Exteriores del Gobierno de la República. Allí acudía para pedir permisos para viajar a los frentes, enviar sus crónicas o, en la cafetería conocida como Alianza de Intelectuales, recababa de otros periodistas las últimas noticias.

A escasos metros, en la esquina de la calle de Comedias con Paz, una corsetería todavía conserva la estructura original del café Ideal Room, que frecuentaron también otros escritores como John Dos Passos, Francisco Ayala, W. H Auden, Octavio Paz o Antonio Machado. Precisamente, su libro Fiesta se gestó en un pequeño hotel próximo al coso taurino.

El último viaje a España de Hemingway fue en 1959 a Madrid, acompañado de su cuarta esposa, Mery Welsh, para escribir unas crónicas taurinas por encargo de la revista Life. Dos años más tarde, atrapado su cerebro en las redes del alcohol y a punto de cumplir 62 años, se suicidó disparándose un tiro en la boca con una escopeta en su casa de Ketchum (Idaho). Y al parecer, en su mesilla tenía reservado un abono para los Sanfermines que estaban a punto de comenzar.img017

Orson Welles

El 8 de mayo de 1987, tres guardias civiles custodiaban un coche fúnebre en la carretera que va de Ronda a Campillos, una localidad menos conocida de Málaga. Una joven Beatrice Welles llevaba en sus manos una arqueta en uno de los coches, se dirigían a la finca “Recreo de San Cayetano”, una típica casa andaluza comprada en los años 20 por el padre de Antonio Ordoñez. Allí nació el torero que, gracias a su amistad personal con Orson Welles y al cariño que dijo profesar el autor de “La guerra de los mundos” por España y por Andalucía, será el guardián póstumo de sus restos.La Finca “El Recreo de San Cayetano” es el espacio donde trendrían lugar las exequias de Orson Welles, el genio, el autor y protagonista de Ciudadano Kane, de cuyo nacimiento se cumple un siglo. Entre los asistentes al sepelio, que llevaría al director de Sed de Mal a descansar eternamente en la finca del torero pese a que había muerto dos años antes, se encontraba la hija de Antonio Ordoñez, una joven Carmina Ordóñez que parecía compungida ante la despedida a su “tito Orson”.

El pozo donde descansaría para siempre el maestro del séptimo arte, recordado por sus excesos, había sido regalado por el Ayuntamiento de Ronda a Antonio Ordóñez y en el que una inscripción reza: “Ronda, al maestro de maestros” epitafio que no se establece con precisión a cual de los dos maestros se refiere, al genio de la tauromaquia o al creador de “La dama de Shanghai”. Uno de los elementos más sorprendentes de la amistad entre Antonio Ordóñez y Welles es que este último, consciente de una maestría que le hacía poner la cámara ante cualquier escenario, cogió su objetivo entre 1957 y 1961 para grabar muchas de las corridas en las que participaba su amigo el torero. Así, el mismo genio que creó grandes obras maestras del cine, también fue el responsable de la grabación de algunas de las mejores faenas de Ordóñez.

Orson Welles and Antonio Ordoñez at the Goyesca

De ego elefantiásico, glotón, inconformista atormentado, mito y padre del cine moderno… Orson Welles encontró en España la feliz Arcadia donde dar rienda suelta a las ansias de vida total, entregándose a un libertinaje artístico entre la profesionalidad, el delirio y las resacas. Para muchos de sus anfitriones franquistas, más que el republicano Ciudadano Kane que renegaba de la industria yanqui, Welles sólo era el obeso marido de nuestra Rita Hayworth, la Gilda cuyo nombre real era Margarita Cansino, oriunda de Castilleja de la Cuesta (Sevilla).

Orson se lió la piel de toro en un puro interminable (cinco al día exactamente). Lo anegó todo de coñac, cervezas y gin tonic y fue palmero como si no hubiera mañana. También rodó. Mucho y con desigual suerte: sólo faltó ese quijote parcheado por Jesús Franco en 1992. Por eso sus 120 kilos reducidos a cenizas reposan en la finca de los Ordóñez de Ronda.

En su primera visita se puso el país por montera. Literalmente. Acababa de cumplir 17 años y se plantó en Sevilla tras un periplo por Marrakech (premio a su precoz talento adolescente como dramaturgo colegial). Se instaló cuatro meses en Triana, llegando a ser anunciado en los carteles como El Americano. En 2005 se realizó un documental (aún inédito) que puntea su rastro en la capital hispalense. «Escribía para revistas pulp y vivía como un rey. Alquiló una habitación en un burdel, en la zona de calle Betis y la calle Castilla. Compró los toros y se presentó a varias corridas en Carmona y El Aljarafe como El Americano. Lo hizo fatal y le lanzaron botellas. Una le hizo un profundo corte en la cara», relata Alberto Rojas Maza, autor del documental.

Pese a la cornada, años después volvería a la capital, dejándose ver en las barreras de la Real Maestranza y perfumando con estela de puro la Feria de Abril montado en coche de caballos. «Me hubiera gustado ser picador», declaraba en Valencia, año 1960, al diario Pueblo. De hecho, en Villalpando (Zamora) al acompañar al torero Andrés Vázquez en sus excursiones taurinas, le confundieron con uno, tal era su rotundo tonelaje.

Entre 1955 y 1961, Welles se embarca en una particular road movie por España y planta sus cámaras en Echalar (Navarra) para desentrañar The land of the basques y su «peculiar idioma». Viaja junto a su segunda esposa y su hija Beatrice, grabando imágenes con una pequeña cámara por encargo de la RAI y la BBC. La serie lleva por título Around the world with Orson Welles, y supondría el troquel que luego copiarían Gwyneth Paltrow con su ibérico On the Road. Más toros, más vino, más puros, más exotismo cañí… Cada vez que llega a Pamplona se aloja en el Gran Hotel La Perla, su cuartel general para los sanfermines. La última vez se largó sin pagar. Otra excentricidad. O un abuso perdonable: la habitación 104 aún lleva su nombre.

Destilando realidad y ficción (una costumbre entre persona y personaje) su loadísimo documental Fake (Fraude) tuvo escenarios en Ibiza (donde vivía el falsificador Elmyr de Hory) y en Almería en el año 1973. F de Falso,fue una película de corte experimental planteada como un falso documental que se anticipa a algunas propuestas del cine postmoderno. En ella aparecen Picasso y Oja Kodar.

Dos años más tarde dirigió y protagonizó un spot para, con su voz cavernosa, ponderar las bondades del Fino La Ina de Bodegas Domecq. Se puede ver en Youtube. Y en 1976 se paseó por Las Ramblas barcelonesas, guayabera blanca y a bordo de un coche de caballos para El viaje de los malditos.

Tanto Orson Welles como Ernest Hemingway son “los dos grandes embajadores para siempre de Ronda, ellos se enamoraron de esta ciudad soñada y, gracias a Antonio Ordoñez, rondeño por excelencia, se entusiasmaron por la Tauromaquiay llevaron el nombre de Ronda por todo el mundo.

 

Picasso

Si Antonio Ordoñez fue el ídolo torero tanto para Welles como para Hemingway, Luís Miguel Dominguín el máximo rival taurino de Ordoñez, lo fue para Picasso.

Luis Miguel Dominguín fue durante cerca de una década un elemento muy significativo en la vida de Picasso, un entrañable amigo y una personalidad fascinante a todos los niveles. Dominguín destacó durante aquellos años como uno de los toreros más populares, además de figurar como un personaje mediático, un auténtico dandi cuya masculinidad ibérica atraía a bellas actrices foráneas como Ava Gardner, Sophia Loren, Lauren Bacall, Brigitte Bardot o, la que fue su esposa, Lucía Bosé.

Su capacidad de seducción atravesaba las fronteras del género, codeándose tanto con personajes de la jet-set, participando en tertulias intelectuales con Buñuel, Alberti o Hemingway o yendo de caza con las altas esferas franquistas. Picasso no fue menos en sentir devoción por el torero. En 1958 tuvo lugar el encuentro entre ambos genios, y meses después, en agosto, Dominguín y su mujer visitarían al artista en su residencia de Cannes, largas estancias que se producirán con frecuencia durante la década de los 60.

 

img019-(2)La relación entre Picasso y la familia Dominguín-Bosé se basó en un profundo afecto, un trato muy cercano y generoso por parte del artista. El origen de esta amistad tiene su explicación en el hecho de que Picasso siempre sintió un profundo arraigo por toda manifestación cultural relacionada con la tradición española, siendo el mundo del toro una de sus grandes aficiones ya desde niño.

El artista profesaba una honda admiración por Dominguín, su elegancia, su belleza varonil y su heroicismo a la hora de enfrentarse con el toro, dotándole de una condición casi divina. Dominguín representaba el arquetipo de las tauromaquias que Picasso desarrolló desde sus comienzos, de una lucha épica entre fuerzas desiguales y de profundo simbolismo vinculado al amor, lo erótico, el dolor, el placer o la muerte. Sin embargo, lo que verdaderamente le inspiraba plásticamente era el carácter de fiesta popular, el ritual del aficionado Picasso diría: “Me hubiera gustado ser Luis Miguel Dominguín. Eso sí es arte”.

El artista publicó un interesante libro-álbum titulado:”Picasso Toros y Toreros”, a base de litografías y grabados realizados hasta 1959, en donde encontramos la colaboración en forma de texto de Dominguín.

En el mundo de la tauromaquia, el tema principal para Picasso es la corrida de toros, ya que en ella se manifiesta la dualidad que comporta la oposición entre la luz y la sombra, el bien y el mal, lo masculino y lo femenino. La pareja toro-caballo, se convierte en el símbolo de las relaciones humanas: las del verdugo y de la víctima, el amor y el erotismo, la violencia y la crueldad.

Picasso, en 1896, comenzó a dedicar dibujos monográficos de corridas de toros a su madre, los cuales, contenían por un lado, los dibujos realizados en La Coruña, fruto de los recuerdos de su infancia en Málaga, y los de Barcelona, dibujos impregnados en una técnica que los asimilaba a los grabados de Francisco de Goya En ‘El Guernica’, el toro es el símbolo de la brutalidad y de las tinieblas a las que había sido sometido el pueblo español durante aquella destrucción en nuestra Guerra Civil de 1936-1939.

Esta archiconocida obra fue clave en la “Exposición Universal de París de 1937”. De más está decir que en 1937, España estaba atravesando un mal momento económico y político, la Guerra Civil estaba en pleno apogeo y el Gobierno Republicano, en busca de ayudas internacionales, decide utilizar el pabellón español de la exposición para denunciar los crímenes de este conflicto fraticida. Para atraer la atención de las potencias aliadas y los medios de comunicación, se decide emplear a los grandes artistas de la época.

Para representar a la República Española, se construyó un edificio extremadamente sobrio, de forma paralelepípeda, con tres niveles comunicados mediante una escalera y una rampa, un guiño a las obras de Le Corbusier y un patio exterior con una lona móvil que hacía las veces de auditorio. Respetar el entorno natural y que fuera desmontable eran las premisas que se imponían en su diseño. Además, sus arquitectos Josep Lluís Sert y Luis Lacasa dispusieron de sólo cinco meses para finalizar la obra que acabaría siendo una oda al racionalismo utilitario.

 

img020Mientras que el edificio tenía la función de un mero contenedor, su interior albergaba joyas de los artistas más grandes de la España de la época: Las fachadas del edificio, tanto la que daba a la calle como la que encaraba el patio estaban cubiertas por lonas con montajes fotográficos de Luis Buñuel.

En el exterior del recinto, a modo de faro, se emplazó la escultura de Alberto Sánchez, “El pueblo español tiene un sueño en forma de estrella“. Otras obras del pabellón incluían la curiosa fuente de mercurio de Alexander Calder (originalmente concebida para publicitar las minas de mercurio de Almadén), “la Montserrat” del catalán Julio González, inspirada en la lucha de los campesinos y varias obras de Joan Miró.

El interior era una mezcla de paneles con foto-montajes que mostraban arte y cultura populares, propaganda e información, todo ello con un fondo reivindicativo y con la intención de denunciar la situación del país y los horrores de la guerra.

La obra de arte por antonomasia del Pabellón de la República Española de 1937 fue sin duda el magnífico Guernica de Picasso.

Pablo Picasso, sobrecogido por el bombardeo de la localidad vasca de Guernica en abril del mismo año, pintó un desgarrador mural que recibiría a los visitantes del pabellón y que posteriormente se convertiría en su obra más reconocida a nivel internacional.

Al acabar la exposición, el pabellón fue desmontado sin cumplir su función. Menos de dos años más tarde, el Gobierno Republicano es derrocado y sustituido por el régimen fascista de Francisco Franco.

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Los arquitectos del pabellón, así como los artistas que colaboraron con él fueron perseguidos e inhabilitados para ejercer su profesión, teniendo que exiliarse.

Actualmente el Guernica lo podemos contemplar en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía en Madrid. Alrededor de la obra se ha creado una exposición entera dedicada al arte de la Guerra Civil Española, con especial hincapié en el Pabellón Republicano de la expo del 37. En esta sala pueden contemplarse tanto maquetas como bocetos, fotografías y reproducciones de cómo fue gestado y de las obras que fueron exhibidas en el pabellón.

Si quieres saber más del maestro de la pintura moderna, el malacitano pintor Pablo Ruíz Picasso, te recomendamos visitar en Málaga su ciudad natal, El Museo Picasso de Málaga y La Fundación Picasso: Museo Casa Natal.

 

RILKE El Poeta Viajero que se enamoró de Ronda “La Ciudad Soñada”

Nació en Praga 1875 y fue el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX; amplió los límites de expresión de la lírica y extendió su influencia a toda la poesía europea. “Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades”, escribió.

Sus poemas, cartas y sueños están enlazados de forma emocional y biográfica con varias ciudades. Rilke es Praga, su ciudad natal; es Viena porque representa como pocos esa ciudad de muerte y modernidad, la capital del imperio austrohúngaro que desaparecía en viejos recuerdos de valses y perdidas glorias. Pero también Rilke es Capri, donde sueña en la Villa Discopoli; es Venecia, leyendo poemas en jardines interiores con rosas de olores marinos, y es Trieste y sus vientos adriáticos azotando el hermoso castillo de Duino, propiedad de su amiga la princesa Marie von Thurn und Taxis, escenario en el que escribe su célebre elegía.

Rilke estuvo en Ronda desde el 9 de diciembre de 1912 hasta el 19 de febrero de 1913. Recién llegado a la ciudad, la describe con tanta frialdad como admiración en una carta dirigida a su madre: “Una de las ciudades mas antiguas y curiosas de España, se encuentra grandiosamente sobre dos mesetas rocosas entre las cuales existe una profundidad de 150 metros y un barranco que apenas tiene 90 metros de ancho por donde pasa debajo buscando su camino el rio Guadalevin”.

En la capital de la Serranía, vuelve a escribir “tras una etapa de seria dificultad creativa”. Allí, compone la Trilogía Española, esboza los 31 primeros versos de la sexta Elegía de Duino, y una serie de poemas entre los que cabría destacar el que compone El Ángel.

En Ronda no sólo escribe las elegías sino que también se relaciona el texto XXI de Los Sonetos a Orfeo con Santa Isabel de los Ángeles: Rilke encontró en Ronda el viejo ideal romántico del alma española, apenas catorce años antes de que muriese y dos antes de que se iniciara la Gran Guerra, que tanto le marcaría personal como literariamente.

Rilke caminando por España huyendo de sí mismo o buscándose sin encontrarse. En Toledo no pudo escribir, demasiado deslumbramiento. Estaba convencido de que en aquel lugar solo podían hacerlo los profetas. En carta a Marie von Thurn und Taxis (desde Ronda, en diciembre de 1912) le muestra su descontento con Sevilla y el propio descontento consigo mismo. Sufría dolores físicos y espirituales, su perpetua enfermedad creadora, que en Sevilla se le agudizaron estérilmente. Sin embargo, en Córdoba alcanzó cierta tregua de paz. En esta misma carta a su mentora le confiesa que allí leyó el Corán y se convirtió a un “anticristianismo casi furibundo”. Curioso comentario cuando muchos de los poemas que escribió en Ronda tienen, por el contrario, un acentuado simbolismo cristiano; por ejemplo, Resurrección de Lázaro o La asunción de María.

La belleza de Sevilla, según le cuenta en una misiva a su editor y sostenedor económico de este viaje, Anton Kippenberg, no le emocionó; sin embargo, afirma rotundamente que Ronda colmaba todas sus expectativas: “La localidad muy española encaramada del modo más fantástico y grandioso a una montaña y reunida sobre dos enormes verticales moles de roca que corta el angosto y profundo tajo…”. Al mismo Kippenberg le hacía este otro curioso comentario: “Si uno recuerda las pequeñas ciudades belgas, hay ciertos motivos para creer que son más españolas de lo que se piensa, y es que cuánto y qué claramente ha entrado España a través de los Habsburgo en la sangre de otros muchos países: tanto que uno se encuentra aquí con cosas que ya le eran conocidas antes”.

Rilke no tenía como destino Ronda, pero la vida lo llevó a este lugar cuyo paisaje exterior coincidía con el de su interior. Roma, Berlín, París, Toledo, ciudades maravillosas, pero ya demasiado pobladas de gentes anónimas y famosas disputándose la gloria efímera. Ciudades ya demasiado escritas y reescritas. Ciudades con una historia agobiante donde incluso un autor extraordinario como Rilke era un transeúnte. En Ronda no estaba nadie más que él. Él no competía con la ciudad, esta lo acogía como su protectora. Por eso en Ronda pudo escribir, y mucho. Fue un alto inesperado en un camino que desconocía. Caminar para meditar. Ronda rodeada de nubes de silencio, aislada, desconocida, exótica en su abandono, en ningún camino de paso forzado.

El deseo de Rilke de encontrar una ciudad así, perdida en el tiempo y en el espacio. Una ciudad utópica se le hizo sorprendentemente real.

Rilke percibió en Ronda un lugar virgen, inédito, blanco, puro, donde él podía modelar y modelarse. Esterilidad y fecundidad. En Ronda se olvidó de lo primero y recuperó febrilmente lo segundo. En Ronda su crisis espiritual de aquellos meses tocó techo.

En Ronda, además de un buen puñado de cartas y alguna prosa, escribió los poemas La trilogía española con un sentimiento de separación del mundo y una necesidad de buscar o encontrar el lado más oculto de la vida.

Rilke tomaba el sol tibio del invierno, mantenía su dieta vegetariana y no probaba una gota de alcohol. Por lo demás, paseaba por los vericuetos moriscos de la ciudad y por el inmenso valle de los marqueses de Salvatierra: “Ronda -escribe al escultor Rodin-, donde estoy ahora, es un sitio incomparable, un gigante hecho de rocas que soporta sobre su espalda una pequeña ciudad blanqueada “He buscado por todas partes la ciudad soñada, y al fin la he encontrado en Ronda”.

Para más información, puede ver en youtube:
“Rilke en Ronda-Canal Sur”
y en alemán:
“Rilke in Ronda, Gedichte, Naturwunder Ronda, Besichtigung”